El niño de los ojos color de cielo

Cuentos para mis nietos.

Para Leonardo, que aparte de hermoso es un cmpeón en el beisbol.

El enorme estadio de béisbol con capacidad de 50 mil gentes estaba totalmente lleno, y una cantidad igual de personas se encontraba afuera del estadio con la esperanza inútil de conseguir una entrada.

La gente del mundo dejaba de ver novelas, películas y programas de entretenimiento para concentrarse en el juego de béisbol, un juego en el que se enfrentaba un equipo de nueve jugadores contra el “Niño de los ojos color de cielo” solo.

El “Niño de los ojos color de cielo” había vencido a casi todos los mejores equipos del mundo, a los “Diablos Rojos”, a “Los Sultanes”, a “Los Saraperos”, a Los Yanquis”, a “Los Dodger’s”, a los equipos cubanos, dominicanos y japoneses.

Siempre iniciaba bateando el “Niño de los ojos color de cielo”, nunca había dejado de batear un home run, y aun así, nunca, ningún equipo se había enojado o frustrado por haber perdido con el niño, todo lo contrario, deseaban que “volara” la pelota.

El “Niño de los ojos color de cielo” se preparaba ante el pitcher como le había enseñado su padre durante tantas horas, ataviado con todo el equipo que también le había comprado su padre, zapatos de béisbol, casco de béisbol, sus pantaloncillos, su playera y hasta su concha.

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El “Niño de los ojos color de cielo” sostenía con su antebrazo izquierdo su flamante bate mientras se aplicaba brea en las manos, daba un toquecito al suelo con el bate y se ponía en posición.

El pitcher de cualquier equipo del mundo preparaba su mejor lanzamiento y el “Niño de los ojos color de cielo” recordaba y acataba lo que su padre le decía siempre: “No pierdas de vista la bola”.

El público gritaba “Vamos niño vamos, tu puedes”

De la mano del pitcher salió la bola a tremenda velocidad, haciendo giros y curvas, pero el niño nunca la perdió de vista, se balanceó como le decía su padre y estiró el bate hasta que un sonido seco evidenció el golpe a la pelota.

La bola fue surcando los aires y era claro que rebasaría el estadio, la gente, e incluso los del equipo contrario, emocionados gritaban, como si con sus gritos lograran darle más velocidad a la pelota.

En efecto, la pelota rebasó los límites del estadio, se introdujo a la oscuridad de la noche y siguió su camino.

Increíblemente viajo kilómetros y kilómetros, hasta que, sobre “El pueblo de los niños tristes”, la pelota estalló lanzando gran cantidad de luces multicolores y a su vez dejo caer gran cantidad de exquisitos chocolates, caramelos en forma de bastón, chicles de todos los sabores, cocadas, mazapanes, gomitas, dulces de tamarindo, cacahuates, paletas con forma de carita y todas las golosinas que se pudieran imaginar los niños. Así que a partir de ese momento tuvieron que cambiarle de nombre al pueblo, hoy se llama “El pueblo de los niños felices”.

Esa era la razón de que los equipos contrarios a el “Niño de los ojos color de cielo” no se molestaran por perder, esa era la razón de que todos los habitantes de la tierra desearan que el niño volara la pelota.

Cuando el abuelo del niño murió, ya en el cielo pidió a Dios que le diera a su nieto el poder de ayudar al mundo para que este fuera mejor cada vez. Dios al saber de la pasión que el niño sentía por el béisbol, le dio el poder en su bate y su pelota.

Así fue que en alguna ocasión la pelota bateada por el “Niño de los ojos color de cielo” estalló sobre “El pueblo de las constantes sequías” y dejó caer grandes cantidades de agua que hicieron florecer los campos y corrió cantarinamente el agua por sus ríos anteriormente secos, hoy se llama “El pueblo de las praderas verdes”.

Otra vez estallo sobre “El pueblo de los malvados” y dejo caer un gas, que al ser respirado por sus habitantes los convirtió en los seres más amorosos de la tierra, hoy el pueblo se llama “El pueblo de la gente que se quiere”.

Cuando explotó la pelota sobre “El pueblo mas triste del mundo”, bajo una nube que al disiparse cambió a la gente, hoy todos ríen y bailan a todas horas, por eso hoy le llaman “El pueblo de la felicidad constante”.

En alguna ocasión, precisamente en Navidad el “Niño de los ojos color de cielo” bateo su acostumbrado home run, la pelota viajó dejando una estela como un cometa, iluminando el cielo por donde pasaba con brillantes luces que cambiaban de color, casi rodeó la tierra y finalmente se detuvo sobre el lugar conocido como “Pobre pueblo pobre”, y como nunca antes, la pelota dejo escapar por largos minutos una gran cantidad de luces que formaban círculos, esferas y otras figuras geométricas, así como formas de animalitos, ciervos, tortugas y pájaros. La gente del “Pobre pueblo pobre” miraba ese espectáculo con gran asombro, y de pronto, pendidos de pequeños paracaídas comenzaron a llegar al suelo cajas pintadas de franjas de colores blanco y rojo coronadas con un gran moño color púrpura.

Los niños locos de contento se abalanzaban sobre las cajas, las tomaban con sumo cuidado y las iban abriendo una a una. Del interior de las cajas comenzaron a surgir los más espectaculares juguetes, un hermoso pinocho de madera con su larga nariz, caballitos que podían mecerse, hermosas muñecas de trapo, trompos multicolores, yoyos y cientos de juguetes más que hicieron esa navidad las delicias de los niños del “Pobre pueblo pobre” que a partir de ese día se llamó “El pueblo de los niños alegres”.

Una vez una persona le dijo al niño: – Oye, todos te conocemos como el “Niño de los ojos color de cielo”, pero como realmente te llamas? –

El niño esbozando una tenue sonrisa contestó: me llamo Leonardo.

Y así, el abuelo de Leonardo, sentado en una nube y balanceando los pies en el aire, sigue gritando: “Vamos Leo, vamos, tu puedes seguir haciendo el mundo mejor”

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