¡Asombroso!, gigantes en Monterrey.

Verdaderamente espectacular y asombrosa es la exposición de las obras de Ron Mueck, un escultor australiano radicado en Inglaterra, quien inició su carrera artística como creador de efectos especiales para el cine.

Con su habilidad y arte, creo para el cine figuras espectaculares, el asombro de los demás y de él mismo, lo motivó a dedicar su vida a la escultura y la creación de figuras en diversos materiales que sorprenden por  su gran realismo.

Creo una cara gigante, que al observarla de cerca impresiona a cualquiera porque se pueden apreciar hasta los mínimos detalles, como los poros de la piel, los bellos, las arrugas, brillo de los ojos, y en general toda la enorme cara.

Se dice que este artista realizó su obra más espectacular, al crear una figura de su padre en el momento de su muerte.

En realidad Ron Mueck no solo produce figuras gigantes, de hecho le gusta jugar con las escalas, así, ha creado bebes recién nacidos enormes, como personas en miniatura.

Las técnicas y materiales modernos, ha superado en mucho a aquellas figuras de cera en su realismo.

En Marzo de 2011 en Monterrey, en el museo conocido como “Marco”, inició la exposición de 14 piezas de las 40 que ha creado este artista, en las siguientes fotografías podrán apreciar parte de su producción.

No se pierdan la oportunidad de admirar estas obras únicas en su género.

Cara Gigante

 

Recien nacido gigante.

 

Pareja

 

Mujer acostada gigante

Gregorio “Goyo” Cárdenas, ¿Personaje de Disney?

Gregorio “Goyo” Cárdenas probablemente no signifique nada para las nuevas generaciones, pero el año de 1942 y por muchos mas, la sociedad mexicana se vio estremecida por los actos que este personaje cometió.

Goyo Cárdenas se convirtió prácticamente en el primer asesino serial registrado en México, asesinó por la vía del estrangulamiento a 3 menores de edad que ejercían la prostitución y a una estudiante de química a la que el pretendía y de la que sufrió un rotundo rechazo a sus esperanzas amorosas.

A sus cuatro victimas las sepultó en el traspatio de su casa.

Gregorio “Goyo” Cárdenas probablemente no signifique nada para las nuevas generaciones, pero el año de 1942 y por muchos mas, la sociedad mexicana se vio estremecida por los actos que este personaje cometió.

Goyo Cárdenas se convirtió prácticamente en el primer asesino serial registrado en México, asesinó por la vía del estrangulamiento a 3 menores de edad que ejercían la prostitución y a una estudiante de química a la que el pretendía y de la que sufrió un rotundo rechazo a sus esperanzas amorosas.

A sus cuatro victimas las sepultó en el traspatio de su casa.

Gregorio “Goyo” Cárdenas

Este hecho puso en shock a toda la sociedad mexicana de ese entonces, el asombro y el terror duraron años enteros. Del caso se derivaron libros, debates, documentales, películas y hasta pasquines. Por mucho tiempo, años como lo mencionamos, los ciudadanos de la república, seguían paso a paso el proceso que se le seguía al “Chacal”, a “La Bestia”, “Al loco”.

Un caso de espanto en aquel entonces.
Fué un escandalo mediatico.

Si ese hecho hubiera sucedido en nuestros días, es muy probable que no hubiera merecido ni un mínimo espacio en muchos de los diarios. Impresionaría tanto como las películas de Disney.

Y es que los que conformamos la sociedad mexicana, estamos perdiendo completamente la sensibilidad ante la muerte, los niños diariamente “asesinan” con su Xbox a cientos de seres ficticios, ven películas, principalmente norteamericanas, donde el elemento principal es la muerte, hombres con armas poderosas que en solo una ráfaga de metralla matan a cientos de seres humanos, karatekas que con manos y cuchillos u otras armas extrañas, dan muerte a buenos o malos.

La muerte se ha convertido en algo tan cotidiano que las cifras han perdido significado. Vemos muertes al encender el televisor o la radio, vemos muertes en Internet, al abrir el diario, vemos muertes en la vía pública, en los restaurantes, en el metro. Día con día sucumben gran cantidad de jóvenes, viejos, mujeres, niños, gente en edad productiva, seres en el mejor momento de vida.

Es por eso que estamos ciertos que “Goyo” Cárdenas hoy sería un personaje de Disney.

Hagamos algo ya, principalmente en bien de los niños, para que su futuro sea mas humano.

El Houdini Mexicano

Erik Weisz fue un tipo que nació en Hungría en 1874, a los 4 años su familia lo llevó a vivir a los Estados Unidos, ya mayorcito manifestó su pasión por el escapismo, disciplina que llegó a dominar y la cual le proporcionó fama mundial.

Aunque su nombre verdadero era Erik Weisz, adoptó el nombre artístico de Harry Houdini con el que todos lo conocemos.

En México, tuvimos a un artista del escapismo que a mi parecer supera en mucho los meritos de su homologo húngaro – estadounidense, su nombre verdadero fue Javier Chapa del Bosque, originario de Torreón Coahuila, y el nombre artístico que adoptó fue el de “Increíble Profesor Zovek”.

Uno de los más espectaculares escapes del Profesor Zovek, que difícilmente pudiera haber realizado Houdini, fue el de su discapacidad.

El Profesor Zovek, cuando apenas había cumplido los 5 años, fue atacado por la devastadora enfermedad de la poliomielitis, enfermedad que lo dejó casi con total inmovilidad. Su futuro era tan oscuro como la noche, su familia con resignación aceptó la desgracia del niño, pero nadie sabía, que dentro de ese pequeño cuerpecito, se escondía un volcán de rebeldía al destino.

El Profesor Zovek

Javier Chapa miraba en periódicos y revistas a hombres con extraordinarias dotes, inclusive al gran Houdini y decidió luchar contra su inmovilidad, se motivó a si mismo mentalmente y comenzó un arduo trabajo de concentración, meditación y esfuerzo físico para mover sus miembros paralizados por la enfermedad.

Un día, Javier Chapa sorprendió a su familia al dar unos pasos, sorprendidos y casi asustados, sus padres y hermanos consideraron milagroso ese hecho, pero para Javier había sido su voluntad la que había triunfado.

Convencido de el poder de la mente, con pasión que rayaba en fanatismo, se introdujo en diversas filosofías orientales y en un muy arduo acondicionamiento físico.

Al tiempo se convirtió en un hombre con una fortaleza que rayaba en lo sobrehumano, creo un método de perfeccionamiento que denominó “Vuelo sin escalas”, método que transmitió a gran cantidad de jóvenes.

Su extraordinaria fortaleza física y sus actos de escapismo rebasaron las fronteras de su estado natal y pronto, en 1969, fue llamado por el canal 8 de Televisión Independiente de México, para que mostrara al público nacional sus espectaculares actos de resistencia ya con su nombre artístico de “Profesor Zovek”.

Fue en ese canal de televisión donde dejó asombrado al publico al realizar por mas de 4 horas y media continuas, tiempo de duración del programa “Domingos Espectaculares”, agotadores ejercicios abdominales.

Su poderío físico llamó grandemente la atención de los productores, y pronto se presentaba en un popularísimo programa conducido por Raúl Velasco, llamado “Siempre en domingo”.

 Después de eso, sus presentaciones públicas se incrementaron, sus actos de escapismo lo convirtieron en verdadero ídolo de los mexicanos, películas e historietas se produjeron con su personaje.

En 1972 , en Cuautitlán, en el Estado de México, el “Profesor Zovek”, colgado de una cuerda que pendía de un helicóptero, pretendía dar un espectáculo mas, no resistió y cayó desde una altura de 30 metros, perdiendo la vida.

Mucho se especuló sobre la posibilidad de un sabotaje, sin embargo, como muchos otros casos, nunca afloró la verdad.

Con ese acto terminó la vida de un hombre que demostró que con voluntad, con autoconvencimiento y entusiasmo, cualquier ser humano puede realizar hasta lo que para la mayoría resulta imposible.

Moda Revolucionaria.

Moda en los 60 y 70

Los años 60s y 70s, fueron determinantes para el mundo de la moda. En esa época surgieron prendas que perdurarían hasta la fecha, con ciertas modificaciones de los diseñadores, me refiero a la minifalda, hot-pants, bikinis y los pantalones acampanados.

Fueron años verdaderamente revolucionarios para la juventud, la mujer se despojó para siempre de la pena de mostrar sus encantos y se enfundó en minúsculos trajes de baño de dos piezas. Sus piernas aunque fueran delgadas, arqueadas o bien moldeadas, salían a la luz con prendas como la minifalda y los hot-pants, que a la postre se convirtieron en los inseparables shorts para disfrute de ambos sexos.

Las bandas musicales, y en especial los Beatles, fueron los modelos a seguir para la moda masculina. Se adoptaron pantalones que lucían enormes campanas, y en las reuniones juveniles no faltaban los galanes enfundados en sacos con múltiples botones.

La moda sicodélica también surgió en esas épocas en que los hippies hacían presencia en el mundo, esa moda la adoptaron bandas musicales californianas que la popularizaron alrededor del mundo entero, y no solo eso, también adoptaron las camisetas teñidas y decoradas con múltiples impresiones, y que decir de el cabello, el estilo afro surgió en ese entonces y es una moda que hasta la fecha perdura.

México no fue la excepción, los artistas populares de esos tiempos, con su vestuario, se convirtieron en el modelo a seguir de jóvenes y adolescentes.

La impactante minifalda
Pantalones acampanados

 

El escandalo de los Hot Pants
Los peinados afro

 

hippies y moda sicodélica

Germán Dehesa, la muerte de un escritor con picardia.

Germán Dehesa murió este día 2 de septiembre de 2010 y con el murió un escritor, dramaturgo y columnista que hizo las delicias mucha gente al leer sus libros y columnas con ese sabor picaresco que lo distinguía y lo hizo merecedor a innumerables reconocimientos, entre ellos el premio al periodismo denominado Don Quijote, el cual recibió de manos del Rey de España Juan Carlos I.

A modo de homenaje, transcribimos aquí  un artículo publicado en la Revista Fractal en el mes de enero de 2004, artículo que da plena idea de su estilo y buen humor.

Les recomiendo que lo lean, se van a divertir.

Germán Dehesa, un escritor con picardia.

 Yo contra mí

 

Déjenme platicarles un poco de los tortuosos caminos que me han traído hasta aquí. Cuando me propusieron este ejercicio, en principio pensé que quien me hablaba era un bromista telefónico y, como tal, le respondí que por supuesto estaría dispuesto a un intenso pugilato conmigo mismo.

Aunque no lo crean me tiene en vilo el asunto: ya llevo varios años aprendiendo estratagemas para aliviarme de una timidez incurable. Soy tímido de nacimiento. Parece que mi hijo heredó ese problema: también es muy refractario, aunque no lo someto a las torturas a las que yo sí fui sometido. A mí me obligaban o intentaban obligarme a recitar el poema a los niños héroes de Amado Nervo, delante de una bola de seres muy extraños: hombres viejísimos, como de cuarenta años, y mujeres con lunares peludos; me parecía que no merecían escuchar aquellos versos por mi boca.

En esas ocasiones, mi mamá me laceraba fuertemente diciendo que cómo era posible que si me los sabía no los recitara; yo le respondía que no me daba la gana y que me daba mucha pena pues seguro se me iban a olvidar.

Desde entonces empezó a fraguarse el acero. Prueba de ello es que aquí estoy avisándoles que sí, que soy como todos ustedes: un ser dual. Espero que no lleguemos a un diagnóstico de esquizofrenia severa, pero sí tengo esa condición de siempre estarme asomando a dos caminos.

Mi caso se acentúa por el hecho de ser hijo de un veracruzano alegrísimo, desmadroso, vital, con una capacidad para resolverlo todo en una broma, en un chiste, en una ocurrencia, en encontrarle siempre el lado luminoso aun en lo más siniestro, y militante del Partido Comunista Mexicano. Por otro lado, estaba el carácter de mi madre, que era una señora decente y con una brutal propensión al aburrimiento, a la condición sufridora, dramática: casi daba las gracias por cada dolor nuevo que le venía.

Recuerdo aquí a Giovanni Guareschi, que creó a dos personajes memorables: a Don Camilo, que era cura, párroco de un pueblo italiano, y al alcalde, que era comunista, se llamaba Giusepe Bottazzi, aunque todo mudo le decía Pepón. Hagan de cuenta que en mi casa vivían Don Camilo y Pepón, nada más que Don Camilo era Doña Camila. Si recuerdo bien el mundo de Guareschi, lo más conmovedor del libro, lo más divertido era que, a pesar de esos encuentros o desencuentros ideológicos, los dos personajes siempre encontraban una ruta para que lo humano los reuniera. Supongo que por lo menos en tres ocasiones mis padres lograron encontrar ese camino: tuvieron tres hijos, uno de ellos con parálisis cerebral, el mayor; luego aparecí yo en el horizonte para gloria de este país, el primero de julio de 1944; y mi hermana, la menor, de quien ya hablaré.

Mi padre pidió que yo naciera en Veracruz puesto que mi espíritu era veracruzano, pero mi madre, dócil y cristiana, me nació en Tacubaya… y me pasó a fregar porque realmente ser de Veracruz es algo tres o cuatro veces heroico. Salvo el cine Ermita y un motel muy viejo que hay por ahí, Tacubaya no tiene mayores timbres de gloria ni de historia…

Nací cerca del Molino del Rey donde se perdió una batalla importante (casi es de rigor decirlo, es como un pleonasmo: si es una batalla en la que participaron los mexicanos, salvo la del 5 de mayo y la de Querétaro, todas las demás las perdimos). Por esos mismos lugares nació Guillermo Prieto, un viejo maravilloso; nada hay más deleitoso para un mexicano, o nada debería ser más deleitoso, que la lectura de Memorias de mis tiempos. Ese libro es la historia del México del siglo XIX contada por su mejor cronista, por un protagonista privilegiado que estuvo en todo, que estuvo en las guerras, que estuvo en la paz, que estuvo en el periodismo, que estuvo en la dramaturgia y que publicaba los famosos San Lunes de Fidel, un resumen periodístico de lo que le había parecido la semana mexicana.

Nazco, decía yo, en Tacubaya, donde ahora está la UAM. En esa hermosa casa estaba la maternidad, tiene enfrente la embajada rusa, que era muy frecuentada por mi padre –la embajada rusa, la maternidad pues nada más esa vez fue a enterarse a ver qué le había salido. Le habían salido dos orejas, básicamente, y un pequeño ser adosado; debo confesarles que no ha cambiado mucho la configuración del hijo de mi querido y añorado Don Ángel Dehesa…
No se desesperen. Obviamente sí me voy a pelear yo contra mí. Existe el yo que está tomado de la mano de mi padre y el otro que no quisiera tomarse de la mano de mi madre, porque… porque no me encuentro, porque no siento que sea yo. Sin embargo, a pesar de no sentirme perteneciente, de alguna manera la mano de mi madre me influyó. Recuerdo esas sesiones donde tenía que rezar para que se le quitara el hipo al papa; le venía hipo a Pío XII y teníamos que rezar el rosario en familia, y no el rosario común, sino el de quince misterios. Desde entonces no entendía porqué repitiendo unas palabras desde la ciudad de México, que quedaba a un chingo de distancia del Vaticano, a un señor que tenía hipo en Roma se le iba a quitar el hipo. Yo decía:

– ¿Y si le dan agua mamá, si aguanta la respiración un rato y nosotros aquí como imbéciles rezando el rosario?
– ¡No!

Eso era lo de menos de esa manera que tenía mi madre de vivir la fe. Me acuerdo que antes de mis doce años no salíamos en Semana Santa. Simplemente no se podía salir, hasta que un día, previa consulta con su confesor, con el padre Domingo en la iglesia de San Antonio en la colonia Nápoles, nos dieron permiso de ir a Acapulco, siempre y cuando observáramos el Jueves y el Viernes. Nunca entendí muy bien: era cosa de sentarse como quien ve el paisaje, como quien ve La Quebrada, uno observa un día. Total, que estábamos en Acapulco como estúpidos observando el día; finalmente, a las doce nos ganó la voluntad de ir al mar, nos fuimos a la playa. Empero, en punto de las tres de la tarde del Viernes Santo, con el Sol a plomo, mi madre nos hincó en el camellón de La Costera a rezar porque estaba muriendo Jesucristo. Yo dije:

–¡Puta, fue hace un chingo! Digo, ¿realmente Jesucristo me lo va a tomar en cuenta, esto de que tantos años después, 1956 años después, yo me esté hincando en la costera de Acapulco con la bragueta llena de arena?

Como salía uno del mar, con un bolsón ahí… era espantoso, sin tomar en cuenta el Sol, la sal y otras cosas que traía uno. Mi mamá me cuestionó:

-¿Y lo que sufrió Cristo en la cruz?
-¿Pero yo qué culpa…? –Respondí inocentemente.

Hasta que no terminamos todas las oraciones no nos levantamos. Y mi mamá sabía muchísimas.

Hace no sé cuánto que no rezo el rosario, ni en familia, ni solo, ni nada y, sin embargo, en cuanto me descuido ya estoy con: “por estos Misterios Santos de Cristo, la nación mexicana, la unión y feliz gobierno, goce puerto el navegante…” De niño me imaginaba los barcos en mitad de la tormenta y me decía: “Como estoy rezando, seguro va a encontrar el puerto el navegante.” Me daba como una especie de megalomanía porque podía decidir la suerte de los navegantes, de la unión y feliz gobierno de la nación mexicana, y hacía una lista como de súper, como de carta a Santa Claus. “Por estos Misterios Santos…” y luego venía lo de antes del parto, durante el parto y después del parto, pero cuando uno empezaba a querer pararse, eran unos manazos y unos coscorrones terribles.

Quisiera decirles que tengo un desgarramiento tremendo y que tuve una crisis de fe espantosa… pero que, pensándolo bien, no fue tan grave. En cuanto perdió mi mamá cierta autoridad sobre mí, no volví a pararme en una iglesia, con excepción de una vez que me paré para un matrimonio más o menos logrado.

Debo aceptar que eso realmente no es lo mío, aunque nunca he dejado ni de rezar, ni de creer en Dios, ni de platicar en las noches con Él. Comentaba hoy en la mañana con mis alumnos y alumnas que no puedo ver a Dios como agente de colocaciones, o para pedirle que ganen los Pumas (tiene uno que estar loco para hacer esas mezclas de teología y futbol).

Todo esto lo digo para no entrarle a este tema del pugilato con uno mismo porque es muy arduo.

Les repito que sí, que soy un ser dual, que tengo esta parte muy sellada por una formación católica, sea o no practicante. Hay algo en nuestra mentalidad, en nuestra manera de entender la vida, en nuestro juicio sobre la existencia… Los católicos tenemos un lado sufridor: es nuestra madre que se asoma en cuanto puede.

Recuerdo mucho a mi madre haciéndome su numerito de:

-¡Ay, no sabes, mi pierna mala –porque mi mamá, pasada cierta edad, tenía una pierna mala-. No sabes lo que me ha dolido todo el día mi pierna mala…
-¡Chín! -decía yo.
-Pero tú te vas a ir a una fiesta, ¿verdad? Vete, vete tranquilo de veras. Yo gozo sabiendo que tú estás gozando. Nada más déjame el rosario cerca por favor y mis medicinas, porque si me viene una crisis… no creo, eh, no creo, pero por si me viniera déjalas ahí, total, si de veras me siento muy mal, no puedo ahorita apoyar el pie, me ruedo sobre el mosaico y pecho a tierra llego al teléfono… de alguna manera alcanzo el teléfono…

El resultado de tal exposición era que yo no iba a la fiesta y que la pinche vieja se cuajaba toda la noche. Ya no le dolía nada, ya no necesitaba nada, ni el rosario rezaba, le valía gorro todo.

Pero de pronto aparecía en mi vida mi papá diciéndome: “Vámonos a ver qué encontramos”. Empezábamos a caminar. Me acuerdo que cuando paseábamos por Insurgentes y yo veía a esas mujeres recargadas en los árboles, con mucha pintura en la cara y con unas vestimentas muy extravagantes y llamativas, le preguntaba:

– Oye papá, ¿y esas señoras?
– Ay hijo, ¿qué no sabes?
– No papá.
– Son de la forestal, hijo, son policías forestales. Les encargan un árbol a cada una. Ellas tienen que cuidar su árbol y como está tan cerquita de la banqueta, por eso se visten así para llamar la atención, no las vayan a atropellar.

Era una explicación tan hermosa que hasta la fecha me conmueve, me dan ganas de bajarme a dar las gracias a las de la forestal porque están cuidando los árboles.

Entre esos dos mundo me movía yo: en un mundo del puro gozo, de la pura invención, del mundo siempre visto desde su ángulo más divertido, más chistoso, más llamativo, más fértil para la imaginación, el mundo jarocho de mi padre; y, por otro lado, el mundo michoacano, contrarreformista, feroz, de mi madre, un mundo que consideraba que sufrir era un mérito importantísimo pues estábamos en este valle de lágrimas para acumular, hagan de cuenta como puntos para viajar en avión, puntos para irse al Cielo.

También debo decirles que fui muy feliz en una escuela de gobierno. Quería mucho a un maestro a quien se le ocurrió decirme:

-En esta escuela te vamos a echar a perder. Tú tienes capacidad para más. Te voy a conseguir una beca y voy a hablar con tus padres.

Rápidamente apareció mi madre en el horizonte para decir: “Este es el momento”. Y me metió con los hermanos maristas. Me dieron la beca… y la beca estaban por ley obligados a darla. Sin embargo, en cuanto sacaba siete en conducta, en todo el sonido del Instituto México se oía:

– Le recordamos al niño Germán Dehesa que no paga colegiatura sino que está becado en esta escuela y que por lo mismo debe…

Yo decía: “¡Puta madre!” Con los O’Farril por allá, los Cortina por allá, a los que les daban 25 pesos de domingo, cuando a mí me daban un peso… Había una asimetría, era como tratar un TLC Estados Unidos-México. Los Cortina tuvieron, primero, motoneta, luego motocicleta, luego automóvil y yo seguía tomando mi Popocatépetl/Colonia del Valle y anexas y disfrutando de la ciudad como loco.

Disfrutaba, sobretodo, ir con mi padre, tomar el Insurgentes/Bellas Artes en Georgia e Insurgentes y tardar treinta minutos en llegar a la Alameda, y pasar junto a una escultura y agarrarle las nalgas a la escultura. Me decía mi papá:

-Yo primero porque soy tu mayor. Tú me la vas a dejar muy sebosa. -Y entonces le daba sus llegues.- Ahora vas tú. ¿Cómo es posible que un hijo mío no sepa ni agarrar un nalga? A ver, mira, te voy a enseñar cómo se ahueca la mano, cómo se le hace.

Esas enseñanzas son invaluables, esas sí sirven para la vida.

De esos dos mundos vengo yo. Y por eso soy una especie de animal dual, soy un centauro -en unas de esas voy a salir sirena o algo así: soy mitad carne mitad pescado, mitad caballo mitad ser humano. Todos lo somos porque traemos la carga genética del padre y la carga genética de la madre.

La única ventaja que tengo frente a la dualidad es que los dos eran diabéticos, los dos eran cardiópatas. Eso sí, cardiópata y diabético lo soy a pleno pulmón y en el cuerpo entero. Lo demás, lo que es el valor añadido, lo he tratado de averiguar por mi cuenta.

A mí me deslumbraba mucho mi padre, era bastante pobre y no le daba ninguna pena serlo; nos corrían cada seis meses de las casas donde estábamos; nos mudábamos y era una fiesta.

-Lo de menos sería quedarnos -decía-, pagar la renta al puerco capitalista, pero yo no quiero quitarte la oportunidad de que conozcas la ciudad.

Y mientras, mi madre sufría en silencio, es decir, con un estrépito que se oía a cinco kilómetros (porque cuando una mujer sufre en silencio se oye como a veinte cuadras a la redonda). Lloraba todo el trayecto que iba de la casa vieja a la casa nueva:

-Claro, ustedes se conforman con cambiarse, pero ¿quién pone la casa y quién acomoda los muebles y la chingada?

Total, acabábamos acomodándolo todo nosotros, porque a mi mamá le venía el dolor en la pierna mala…

Ése es mi mundo. Podría estar peleado conmigo mismo, pero vivo muy reconciliado. Cuando llegado el día falleció mi padre de la manera más tranquila, se acostó a dormir una siesta, se enderezó y le dijo a mi madre: “Te quiero comprar un vestido en Liverpool”. Fueron sus famosas últimas palabras –por andar ofreciendo vestidos a las viejas, eso nunca hay que hacerlo. Se volvió a recostar un momento. Le dio una embolia fulminante, y murió.

Mí mamá –se supone que cuando uno hace edema pulmonar podemos librar uno, dos, quizá tres- hizo casi treinta edemas pulmonares y la pinche necia no se quería ir. Sólo se murió porque a mi hermana se le descompuso el coche. Mi hermana, una doctora muy afamada en el Seguro Social, en cuanto veía que mi mamá se empezaba a torcer, la trepaba al coche y se la llevaba al hospital, le ponían el ventilador y le hacían quién sabe qué y le pasaban suero. Cuando yo llegaba vestido de negro y todo, ella salía radiante y, así, más o menos 30 veces. Pero una vez -y conste que no fui yo el que descargó la batería- no arrancó el coche. Mi mamá no alcanzó a llegar y se murió en el trayecto. Mi hermana se azotaba y yo le decía:

-Hermana, esto ya no era vida, agonías todos lo días, esto ya era un exceso.

Cuando fui a la funeraria –estuve cinco minutos en Gayosso, tan malnacido como soy, detesto ir a Gayosso, me encanta estar con los vivos, no sé qué le va uno a oler al muerto—, le llevé unas rosas y le dije:

-Madre, ahí quedamos, entiendo que lo que hiciste como siempre me lo decías: “Es por tu bien y esta cachetada que te voy a dar algún día me la agradecerás –todavía no ha llegado ese día— porque lo estoy haciendo por tu bien”… y me soltaba unas…

Por otro lado, no creo haberme dispensado de vivir por los libros, es decir, no es mi caso como el de algunos seres que han escogido leer, por miedo a vivir; hay otros que se meten a la vida por miedo a la belleza, por miedo al conocimiento. Yo he ido y venido… cosa que siempre tuvo muy nerviosos a mis maestros porque decían:

– Bueno, si éste sabe tantas cosas sobre Shakespeare o sobre Lope de Vega o sobre Sor Juana ¿por qué va al teatro Blanquita?, ¿qué va a buscar al teatro Blanquita o qué hace en el Tivoli oyendo Harapos?

A mí me gustaba oír Harapos y me gustaba leer a Shakespeare; me gustaba tener eso para lo que ni siquiera hay palabras en español, lo que se dice en inglés el street wise, la sabiduría de la calle. Me encantaba y me sigue encantando oír a la gente y ver qué se trae y oír sus argüendes, sus fabulaciones, sus mitos y sus historias.

Tengo que decir que si iba a la calle o iba a los libros, era para traer materiales para mi hermano mayor. Ahí empezó mi esquizofrenia. Yo le platicaba y me respondía, me respondía tratando de adivinar lo que él podía imaginar, de lo que yo le estaba contando. Por eso aprendí a dialogar, por eso me dicen: “Escríbete una escena”, y lo hago como si la tuviera ya en la cabeza. Me asusta que la gente no lo haga.

Adquirí dominio de la palabra, adquirí el dominio del diálogo, de hablar desde el otro preguntándome quién es el otro y qué quiere decir, imaginándomelo, suponiéndomelo. Aprendí también a mantener la tensión, porque mi hermano lo único que podía mover era una mano. Empezaba la narración y me apretaba la mano; si me empezaba a poner pesadito o muy intenso, me empezaba a soltar, y cuando ya era una güeva perfecta, me soltaba la mano. Empecé a aprender en qué momento me iba a soltar la mano y cambiaba de tema o decía un albur o decía esto o decía aquello y volvía a sentir el apretón. Hasta las novelas le quedaban chicas.

Cuando mi hermano ya estaba muy metido, había que añadirle capítulos al mismo Salgari y resucitar al Corsario Negro. Hace 53 años que yo leía eso y aquí está en mi cabeza; recuerdo exactamente cómo comienza El Corsario Negro con esa escena en la que están recargados en la borda: “Y allá en el castillo de proa está el Corsario Negro con una nube de preocupación que cruza por su mente…” –a mí eso de la nube de preocupación que cruzaba por su mente se me hacía poca madre, en la escuela me recargaba a ver si me pasaba una nube de preocupación por la mente…

Pero fíjense lo que son las dualidades de esta vida, la maldición (como le decía mi madre) de la enfermedad de mi hermano me dio el dominio de la palabra, me dio la lectura, me dio el diálogo, me dio el manejo de las tensiones. No me cuesta ningún trabajo hablar en público porque sigo hablando con mi hermano y siento otra vez cuándo me van a soltar la mano, a qué hora hay que cambiar, a qué hora hay que pasar a otro tema. Pero no es ninguna gracia: lo aprendí, lo entrené durante más de 20 años de mi vida. Cuando me dicen: “Escribe un artículo diario”, pues lo escribo, y me preguntan: “¿Y cómo le haces?” Respondo que sigo hablando con mi hermano. Mi columna se llama Gaceta del Ángel: mi hermano se llamaba Ángel Dehesa y era un enviado de Dios, me trajo todos esos dones y derramó oro sobre mi cabeza y me llevé tiempo en entenderlo.

Ahora me pregunto: ¿qué sería de mí sin esa terrible “maldición” que por los pecados de mi padre había caído sobre nuestra familia?
Cuando un médico me dijo: “Su mamá que piense lo que quiera, el problema de su hermano se llaman fórceps, para nacer le doblaron demasiado la cabeza, hubo un momento en que se quedó sin oxígeno el cerebro y ahí empezó todo el proceso de deterioro”. Pues el castigo resultó un premio para mí, por lo menos, prodigioso. Mi manera de estar en el mundo es un modo de agradecer la existencia de mi hermano. Para que vean que todo tiene en la economía de la vida un sentido.

No opto ni por literatura ni por la vida sino trato de ir y venir de la literatura a la vida, de hacerme mejor lector en la medida en que vivo mejor y vivo más, y de hacerme mejor vividor en la medida en que la lectura ilumina mi vida. Sí hay disputa en mí, pero no muy fuerte. Si estoy leyendo un libro y me está fascinando y aparece mi hijo que quiere platicar conmigo, no me cuesta trabajo cerrar el libro y oírlo. Eso sí lo he tenido que aprender: con los hijos más grandes fingía demencia, ni los daba por escuchados. Pero eso se aprende con los años. Ahora sí entiendo que esas intimaciones de la vida no las puede uno posponer.

México de mis amores

Transcribo aquí, un artículo escrito por Francisco Pardavé, que creo refleja fielmente la vida de la Ciudad de México en los años 50.

En aquel México de mis amores de hace 50 años, de pintorescos personajes, de coloridas costumbres, de belleza singular, aún Ciudad de los Palacios, la gente asumía sus papeles en la sociedad donde vivía y nadie esperaba que las personas hicieran algo distinto al papel que tenían asignado. Vaya, había un lugar para cada cosa y para cada persona; no pasaba más.

Palacio Nacional
Palacio de Bellas artes

Por ejemplo, las Lomas de Chapultepec eran para la gente rica.

San Ángel y la colonia Juárez, para la gente decente.

El Pedregal para los que “ya la hicieron” y la Roma y la Condesa para la clase media.

La plebe vivía en Tepito; los rateros por La Merced y por la Candelaria de los Patos; por allí estaba o está la iglesia donde se veneraba a San Dimas, el buen ladrón. Gente institucional, pues.

Narvarte para los “quiero y no puedo”, la colonia Del Valle para la gente acomodada.

Tacubaya para los “tubos”… S, tuvo y ya no tiene. San

Pedro de los Pinos para la modesta clase media trabajadora.

Anzures para los “Ni fu ni fa”.

Y para ir de compras, ¿quería usted ropa barata?, ¿Chácharas y alguna antigüedad?

¡La Lagunilla! Inclusive hubo un famoso comerciante, conocido como el “Chacharitas”, que manejaba valiosas antigüedades.

La Lagunilla

Fruta y verduras, en Jamaica.

¿Polvos para el amor, hierbas y brujerías, lociones para el dinero, ramas de pirul para las limpias?, amuletos de todas clases, colibríes para los casanova de barriada, patas de conejo para los principiantes, perfume Siete Machos, velas negras, rojas y verdes para los iniciados… todo eso y más en el mercado de Sonora.

Accesorios automotrices y herramienta, en Tepito.

En La Merced, fruta, abarrotes, cristal y loza, chiles secos, granos… vinos y licores. Pescado y mariscos, por la calzada de la Viga o las calles de Aranda. ¿Café?, en grano o en taza con su complemento de amenos comensales, por las calles de Bolívar o Isabel la Católica.

Estaba Xochimilco, para los que tenían un carrito y querían plantas y verduras frescas. ¿Armas? (entonces se podían comprar armas en una armería). Allá  por las calles de Cinco de Mayo, Donceles, Argentina, el Centro Histórico.

¿Prostitución seria y responsable?, desde las proletarias calles del Órgano hasta la institucional, bohemia y cosmopolita casa de La Bandida.

Y si quería comprar fierros, allá por Fray Servando Teresa de Mier. Justamente, como un ejemplo de lo propio y formal que era la gente, estaba un comerciante de perfiles, planchas y viguetas que por esa zona tenía su negocio. Ordenado y cuidadoso, tenía su local dos grandes portones, entrada y salida, claramente indicados. Y dos básculas siempre en desacuerdo, que pesaban los camiones; una en la entrada y la otra en la salida; una era la de “comprar” y la otra la de “vender”.

Nadie esperaba que el kilo fuera de mil gramos, ni que la leche no tuviera agua, ni que el pulque no fuera adulterado; las docenas 11 y a veces diez rosas eran las reglamentarias.

Las elecciones tenían su rutina y su ritual. “El tapado” era toda una institución; inclusive, una marca de cigarrillos pregonaba, como toque de prestigio, que “El Tapado fuma Elegantes”.

Pero había cosas sagradas, que ni se discutían ni se dudaban, a saber:

Al pulque le faltaba un grado para ser carne.

Las medidas en El Pulque
El Pulque, casi carne

Los mexicanos son muy machos.

Ninguna tan abnegada como las cabecitas blancas mexicanas.

México es un país tan rico que hasta tiene la forma de un cuerno de la abundancia. (Aunque un amigo me hizo la inquietante observación de que parece descargar esa abundancia hacia Estados Unidos).

México es el país más religioso del mundo.

Los campeones mexicanos de lucha libre son mexicanos.

Una tarde memorable, cuando se hizo una colecta en beneficio de Finlandia, agobiada por el ataque de los alemanes (o de los rusos), el ruedo de la plaza de Toros, el Toreo de la Condesa, se cubrió con una capa de plata. Miles y miles de aquellos hermosos pesos de plata, los de 0.720, llovieron sobre el ruedo, mientras los toreros se refugiaban donde podían y se cubrían la cabeza con capas y muletas.

El toreo de La Condesa

Éramos, sin duda, ingenuos y generosos.