Entre formalidades y pendejadas

Nueva comunicación en los jóvenes
Nueva comunicación en los jóvenes

Qué difícil es adaptarse a los cambios de generación, tanto es así, que me fue difícil escribir esa última palabra del título.

Quienes nacieron como yo entre los 50’ y 60’ del siglo pasado, nos ha tocado conocer o experimentar cuando menos 4 generaciones. La primera, la de nuestros padres, una generación que se distinguía por la estricta obediencia de la madre e hijos hacia el padre, una generación donde el papel de cada uno estaba plenamente establecido. La mujer destinada al cuidado de la casa y la maternidad con exclusión de la sexualidad, los hijos al estudio, al trabajo y al respeto a sus mayores. El padre a su posición de macho dominante y el proveedor del hogar.

La segunda, la nuestra, una generación de fuertes cambios, la época de los Beatles, la época del Rock and Roll, la época de la aparición de la televisión, elementos que todos juntos te incitaban a hacer un cambio en tus comportamientos, rebelarte a los esquemas de la generación anterior.

En esa época los principios y filosofías de vida se destaparon, los idealismos incitaron grandes conflictos como el Movimiento estudiantil de 1968, broto la inquietud de la liberación femenina y comenzó a compartirse la responsabilidad como proveedores y el cuidado de los niños.

Aun así, el comportamiento hacia los mayores incluidos los padres, se mantenían grabados en las mentes de los miembros de mi generación, aun tomaba mucha relevancia la virginidad en la mujer, las expresiones frente a los mayores se mantenían en un clima de respeto, exentas de palabras altisonantes y en el ámbito laboral, la fidelidad a las empresas en que se laboraba, y la aspiración al crecimiento jerárquico dentro de ellas, era un común denominador.

Cambian los tiempos y surge una nueva generación, nuestros hijos, seres que dejaron atrás y en el olvido los ideales y su filosofía está basada en los programas televisivos que los abraza y que los sumergen en un mundo regido por la moda y actitudes dispersas, desechan costumbres como la asistencia a los teatros o museos y su preferencia radica en comer un pedazo de piza frente al televisor, las madres solteras dejaron de ser una sorpresa para convertirse en una moda, las mujeres entraron de lleno al ámbito laboral y por consecuencia el hombre muy a su pesar se tuvo que adaptar aprendiendo a lavar platos y cambiar pañales, para la mujer dejo de ser imprescindible el matrimonio, muchas optaron por el amor libre o ser madre en ejercicio de su soltería.

En muchos de los casos la mujer tiene mayores percepciones que el hombre, de esto se deriva un sentimiento de superioridad hacia él y que en muchas ocasiones concluye en el estado de divorcio cada vez más frecuente, pero también los hombres tienen menos reticencia a compartir el espacio de trabajo con las mujeres, incluso asimilan mejor la mayor jerarquía de una mujer.

Desde luego, son mejores administradores, la han estudiado y su perspectiva sobre el tema es mejor que la generación anterior.

Los miembros de la generación que estamos hablando, son menos leales a sus centros de trabajo, tienen más confianza en sí mismos y no dudan en cambiar de empleo si de esto les resulta un mayor beneficio económico dado que una de las más grandes satisfacciones que tienen es por los objetos que posee o se procura. Los actos políticos de esta generación se manifiestan en el hecho de ignorar la propia política, dan al mundo la espalda, no les importa el futuro de los demás, si no el suyo propio.

No es extraño que esta generación sienta soledad, los eventos masivos  los hacen sentir bien aunque pierdan su propia personalidad, se refugian en el sexo y la droga como una medida de mitigar el aburrimiento y soledad y prefieren vivir una fiesta continua porque así no se ven obligados a sentir amor o procurar una relación cercana.

Me he extendido, pero el motivo de estas reflexiones estaba encaminado a las observaciones de la comunicación verbal de la generación de nuestros hijos (hijos de los nacidos en la década de 1950 y 1960).

Como una forma de rebeldía, la generación de la que hablamos, modifica su forma de comunicación, ahora lo hacen a través de fracciones de palabras, anti ortografía y verbalmente inundada de malas palabras o altisonantes.

Hoy todos tienen un nombre en común: “Guey” y en su plática, de diez palabras, siete son groserías.

Mucho tiempo he pasado conviviendo con esta generación, pero ese tiempo no ha borrado el casete grabado en mi época de infante, las groserías tan comunes en los muchachos y los tan no muchachos taladran mis oídos, molestándolos aunque provengan de mis hijos biológicos o políticos.

Qué difícil es la adaptación, no me considero mojigato, pero ya mi grabadora tarda mas en borrar lo que en aquellos años se incrustó en mi mente.