The Busman

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The Busman

 

Si pudiera haberse documentado el tiempo que una persona habíase sentido ser un autobús (Busman para darle más caché al título), hoy podría ostentar orgullosamente en mi vitrina el Record Guinness.

Y para aquellos que al leer esto de inmediato les asalte el irrefrenable deseo de criticar este sentimiento y que con desfachatez me adhieran el  calificativo de loco, he de decirles que no soy, no he sido, ni seré el único en la vida en esta bola que nosotros llamamos tierra que sueña con lo que no es.

Para aquellos a los que la memoria no les ha sido tan fiel, puedo recordarles que antepasados nuestros de este y otros países han sentido el gusto de imaginarse ser lo que no son. En las tribus de los vecinos del norte, los gringos, no faltaba aquel que se sintiera “Toro sentado”, Cray Horse o “Caballo Loco”, en las nuestras, el “Águila que vuela” o “La Serpiente emplumada”.

Los que se han sentido ser otra cosa y que no son, también han sido motivo de elogios y sus seguidores se cuentan por millones, aquel que se siente de acero como “Superman”, el que cree ser una “Antorcha Humana”, una liga como “El Hombre Elástico”, una piedrotota como “La mole”, un insecto como “El hombre araña” y “El chapulín colorado”, un misil como “El hombre bala”, “El hombre elefante”, “El Hombre con las manos de tijeras”, orgullosos rescatistas mexicanos como “Los topos”, escritores como Franz Kafka que se creía “El hombre escarabajo” y, el colmo, hoy los niños se quieren sentir como una esponja, como “Bob”.

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El hombre araña.

Los licenciados en ciencias computacionales hoy creen ser, Bill Gates, Steve Jobs,  “El negas” o “Ñoñostacio” (para quien no sepan a quienes me refiero, aquí está el link http://www.youtube.com/watch?v=iqAoDJGMEfM)

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El Negas.

 

Hay hombres que se sienten mujeres, mujeres que se sienten hombres, gays que se sienten heterosexuales y heterosexuales que se sienten gays, hombres o mujeres comunes que se sienten “Getelmens” o “Ladys”.

 

Hasta en la política encontramos quienes se ostentan como “La mujer de hierro” o se creen animales como “El Pejelagarto” o “El perro defensor del dinero bancario”, con adjetivos tan intangibles como “El Innombrable” o con calificativos contrarios a lo que son, como la “Lady Senadora” o “El Gober Precioso”.

 

Después de toda esta disertación, puedo decir que mentalmente me siento bien al sentirme “El hombre Autobús”.

 

No se imagina uno todo lo que puede transportar el ADN de una generación a otra, estoy seguro que en el de mi madre y mi padre existía ese gusto especifico por los viajes, con la unión del esperma y el ovulo, ese inmenso gusto se trasladó a la composición de mi cuerpo.

 

Desde muy chico cuando viajaba con mis padres o los veía viajar, se manifestaba en mi la alegría o la envidia de recorrer la legua, según fuera el caso.

 

Durante mi niñez aun no se popularizaban los viajes en avión, estos estaban reservados a las personas con grandes ingresos económicos, el resto, los de clase media y baja, estábamos destinados a movilizarnos en autobús, los aviones solo los veíamos desplazarse a grandes alturas, o de cerca, detrás de las mallas del aeropuerto.

 

Cuando despedíamos a mi padre a uno de sus innumerables viajes, me quedaba extasiado mirando la grandiosidad de los autobuses, admiraba la gran potencia de su motor y su fuerte rugido que parecía decir “escuchen mi poder”.

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Pejelagarto

Admiraba a los autobuses porque en ese entonces para mi eran el símbolo de la libertad y del conocimiento de nuestro país, de libertad porque se podían desplazar libremente por los miles y miles de kilómetros con los que contaba el sistema carretero de nuestra nación, y conocimiento porque lo  hacían, lo mimo entre grandes valles, calurosos desiertos, altísimas montañas e intrincadas selvas, pasando de un estado o municipio a otro sin que nadie se los impidiera, “quien fuera autobús”, pensaba yo.

A diferencia de otros niños, entre ellos mis amigos mas allegados, sentía un gran agradecimiento a mis padres cuando me mandaban a los “mandados”, mientras mas lejos me tenía que desplazar a adquirirlos, mejor me sentía. De inmediato me transformaba en uno de esos poderosos vehículos, en mis oídos escuchaba el rugir del motor y realizaba los cambios con la precisión con que lo hacían los expertos y verdaderos operadores. Mi amabilidad con los pasajeros al abordad la unidad se comparaba con la de los choferes de verdad, cada detalle del viaje real estaba simulado en mi mente a la perfección, los cambios de la palanca de velocidades los hacia en el momento justo para aumentar la potencia o la velocidad, miraba en mi imaginación las luces con la que nos recibían las ciudades, o los espectaculares amaneceres en las carreteras cercanas al mar, en mi mente también se desplazaba sobre un mapa un pequeño circulo que me indicaba el avance de mi viaje, hasta que el mismo concluía y con la misma amabilidad al recibirlos, despedía a los pasajeros que nos honraban con su preferencia.

Esa admiración por los autobuses y mi irrefrenable deseo de viajar y conocer no ha disminuido, eso me impulsó a estudiar con ahínco la geografía de nuestro país y el mundo, porque han de saber que mi línea imaginaria de autobuses estaba planeada expandirse internacionalmente.

Me obsesionaba la geografía de nuestro país y devoraba con avidez las reseñas y descripciones de cada ciudad y cada pueblo de la república, de tal forma que en mis viajes imaginarios tocaba cada punto de su recorrido sin excepción, y como un servicio extraordinario, hacia saber a mis pasajeros las características e historias de cada uno de los lugares por donde pasábamos.

Quizá por las razones anteriormente expuestas fui un alumno sobresaliente en la materia de geografía, como también fui un niño y adolescente raro para mis padres que veían como peleaba por tener el privilegio de ir por las cosas necesarias para la casa.

Hoy mis padres se han ido, nunca les conté de mi creencia de “hombre autobús” por el temor que hasta hoy tenia de que me juzgaran loco y, hoy, después de muchos, pero muchos años (no les diré cuantos), en mi persiste ese gusto o locura como le quiera llamar cada quien, tan es así que recientemente se presentó la oportunidad de realizar un viaje a Orlando Florida y entre las opciones de viajar en avión o por carretera, preferí esta última, fueron días de viaje que disfruté al máximo.

Para el que crea que tengo temor a viajar en avión, les diré que no es así, he tenido la fortuna de viajar mucho en múltiples aparatos aéreos, pero mi preferencia sigue siendo la carretera.

Quise escribir este artículo como preámbulo de otros que incluirán mis impresiones de viaje, principalmente dentro del territorio que generosamente Dios nos destino para vivir.